La Lonchera (ENLETRADOS)

 

Por Francisco Llanos


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Me quedé hace un rato como empendejado pensando en mi infancia, comparándola con la que viven mis hijos en estos días y se vino a mi memoria, debo decir a mi nariz y boca, el recuerdo fulminante del olor y sabor del aceite de hígado de bacalao. Volví a sentir las náuseas, el aliento empobrecido y los ojos cristalizados por lágrimas.

Volví a escuchar a mi mamá en ese acento caleño matriarcal diciendo “Dejá tanto bochinche y abrí la boca, ni que te fuera a dar boñiga de gato. Esto es pura vitamina”.

Hemos debido muchos de nosotros tener el valor en esos días imberbes de tomar alguna acción legal en contra de nuestros progenitores, denunciarlos en alguna parte, ir a los medios de comunicación a reportar el abuso, hacerle lobby a algún político para promover alguna ley a favor del menor. Hemos debido pedir refugio en una embajada, así fuera la de Ecuador o atrincherarnos en la sala de espera de un aeropuerto socialista. Esos tiempos han debido ser como los de ahora en que tu hijo, el menor, que todavía no sabe ni leer, puede demandarte si no le compras ya mismo los guayos de Messi.

 Es que ahora con los niños hay que andar como sobre cáscaras de huevo, complacientes; programados, los padres, para la obediencia; cómprame, tráeme, llévame, súbeme, bájame y cuidadito con levantarme la voz, papi adorado, o llamo a la policía.

 Hay de mí si hubiera tenido el atrevimiento de por lo menos levantar la ceja después de zamparme la cucharada de la espesamente horrorosa emulsión aquella, ¡no quiero ni pensarlo!

No sé por qué en mis años de niñez no nos tocaba igual a todos, ¿falla capitalista? Recuerdo tener entonces varios amigos con mañanas privilegiadas, sin el retén de la pura vitamina. Llegaban ellos al colegio atiborrados de alegría, con esa sonrisita inmarcesible de niño bien, que nos hacía sentir a otros tantos en un plano diferente, no sé si inferior, pero si diferente.

Caso concreto: No estoy seguro de su nombre pero le decíamos Teddy. Rubiecito, ojiclareado, tocaba flauta y cantaba como castrato de Viena. Era de los pocos en la clase que pasaba vacaciones en el extranjero, usaba con el uniforme unos zapatos finísimos de la época marca Manhattan, en el mundial de fútbol del 78 su papá le compró el balón Tango original. Llevaba cuadernos de tapa plastificada y argollados con hojas individuales fáciles de arrancar. Su lonchera era la envidia de todos, cuadrada, metalizada, con los dibujos en alto relieve. Allí cabía en perfecto orden una Coca Cola en envase de vidrio de ocho onzas, dos lonjas de queso americano Borden, un paquete de galletas Waffles, un paquete de papitas chips, dos rebanadas de pernil de pavo enrolladas y pudin de vainilla. Eso además de 20 pesos diarios (una fortuna) para gastos en la cafetería del Gimnasio Cecil Reddie, nombre de mi primera primaria, que estudie con cuadernos con engrapado en el lomo.

Caso opuesto: Quería yo evitar el tema de mi vida en aquel claustro elemental, solo para preservar la buena relación que mantengo con mi señora madre, pero me pica la lengua, en este caso la mano.

La verdad no la culpo, su misión supongo, era criar un muchacho rozagante, saludable de pies a cabeza. Yo no llevaba plata al colegio, no por acto tacaño familiar, pasaba que no confiaba mi mamá en la procedencia de los comestibles que vendían en esa pequeña cafetería, lo más sano es lo que se prepara en la casa, decía.

Así pues cada mañana me despachaba al mundo de estudiante habiéndome cuchareado con Emulsión de Scott, héchome desayunar un gigantesco vaso de jugo de naranja y zanahoria, seguido de dos huevos tibios, pan integral y taza de chocolate hirviendo.

Yo, de infante, portaba como lonchera  una especie de bolsa hecha en cuero, como esas que las señoras usan para guardar el maquillaje. En ese peculiar adminículo hacían caber un tarro con tapa de rosca acuñada con un trozo de bolsa de plástico que evitaba se derramara la leche caliente contenida adentro, un banano pecoso, una presa de pollo envuelta en servilleta de papel, ensalada de papa con cebolla y empaquetado en papel de aluminio un trozo de cuajada con pasta de guayaba. Aprendí a comerme el pollo con todo y la servilleta pues era misión imposible separar esta después de que se embadurnara de la grasa propia de la presa.

Para los Viernes había cambio en mi menú, salía la leche caliente y entraba el jugo de tomate de árbol, y como remplazo del pollo venía torta de sesos, ¡así como lo leen!

Dejémoslo hasta ahí, para que profundizar en momentos memorables del pasado, como mi época de niño asmático, cuando a forma de remedio me daban el caldo resultante de sofreír en poquita leche varias cabezas de ajo y un trozo de mata de sábila.

 ¿Será que aun puedo hacer la denuncia formal? Sigo como empendejado, pensando.

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2 Comentarios sobre este Artículo

  1. No se en que época se escribió este artículo pero me gusta el recuerdo que hay del Cecil Reddie y sus simpáticas pero verdaderas apreciaciones de los niños de hoy y los padres esclavos de hijos modernos.

    Rector del Gimnasio Cecil Reddie

    • Gracias Don Carlos por su comentario, recuerdo con gran alegría mis días del Cecil, mis viernes con buzo blanco y guantes para la izada de bandera, la juiciosa fila para ir hasta la iglesia ubicada a varias cuadras, mi primera comunión con mis amigos del colegio en riguroso traje color gris ratón y el parquesito del frente donde nos jugábamos las rodillas el los duelos de fútbol. Dias aquellos!!!

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