MISIÓN MAMÁ

MISIÓN MAMÁ

“¡Usted le está haciendo daño a su hijo!”. Así. Sencillito. Lapidario y breve, como un epitafio. Esa belleza de frase me la lanzó la directora del colegio de mi Nicolás esta mañana. El segundo día de clases, para más señas. Y sin mediar palabra, me arrancó al muchachito de las manos y se fue hacia adentro del edificio. Con el adormilamiento normal de las 7 de la mañana y el corneteo de las histéricas mamás (¿dónde están los papás que yo no los veo?) que me pedían que moviera mi carro del frente del colegio,  yo veía cómo mi flacuchento de cinco años iba siendo poquito a poco tragado por ese monstruo de números de colores, mayúsculas y minúsculas, animales vertebrados e invertebrados. Auch. Mi hijo ya está en Kindergarten, y yo me estoy muriendo más o menos varias horas al día.

 UNA SEMANA ANTES

 La simpática frasecita de la directora tuvo sus antecedentes. Ya en la primera reunión de “bienvenida” a los nuevos padres, aquella minúscula mujer de brazos y piernas súper ejercitados (¿en qué momento va al gimnasio?) había dejado clarísimo quién mandaba allí, en ese colegio-cárcel lleno de reglas, códigos, actos disciplinarios, uniformes para cada día de la semana y, en fin, una serie de instrucciones precisas para dejar de ser una mamá acuariana relajada en esta vida. Ese día entendí que ese colegio-tan-bueno-gracias-a-Dios en donde estudiaría Nicolás, era también un atentado absoluto a la libertad de la infancia y una señal de que se acabó  “mi bebé”. A partir de su entrada al colegio-tan-bueno-gracias-a-Dios, mi piojo sería un “niño en edad escolar”… y habría que tratarlo como si ya supiera hacerse sus espaguetis. 

CINCO DÍAS ANTES

 Me fajé a estudiarme las reglas del colegio. Que si en la mañana uno no puede caminar con los niños y acompañarlos hasta la puerta, sino que hay que dejarlos en una esquinita (sin bajarse del carro) para que los reciba una de las voluntarias y lo lance a la línea de producción. Digo, a su salón. Que si los botones abrochados, el cinturón negro, los zapatos pulidos, el pelo de dos centímetros (le tuve que podar su afro, ¡oh, por Dios!). me sentía mareada con tantas reglas. Estuve a punto de irme a otro colegio, uno no-tan-bueno. Pero nada, las mamás me decían: “Este es el mejor colegio del Doral”. “Niña, hay que darse con una piedra en los dientes porque entrar aquí es dificilísimo”. Yo no podía ser tan malagradecida con mi suerte. Tampoco quería darme con una piedra en los dientes, sobre todo considerando lo caros que son aquí en Miami los dentistas. Así que dije: “Nicolás, tú y yo vamos a poder con esto”. Él me miró con cara de “obvio”. Y eso me dio fuerzas.

 

TRES DÍAS ANTES

 Nicolás y yo fuimos de pre-gira al colegio. A una cosa que llaman aquí “meet and greet” que es, literalmente, “conocer y saludar”. Yo sudaba frío. Quería parecer una mamá perfecta y feliz de esas que jamás alimentan a sus hijos con comidas procesadas ni les hacen la tarea en el carro. Nicolás andaba de lo más feliz. Como si hubiera nacido en aquel colegio-tan-bueno-gracias-a-Dios. Así que cuando terminó aquel evento tan simpático en el que nos volvieron a decir las reglas que ya nos habían dicho, más unas treinta nuevas, respiré. “A lo mejor a Nico le va bien aquí”. Quién quita.

 

PRIMER DÍA DE CLASES

 Me estudié el mapa. Me metí en mi “drop off line”, que es una colita en la que uno se embute mientras la directora minúscula y unos cincuenta seres que lucen muy oficiales gritan “go, go, go”. Apuradita, iba en mi cola pendiente de la esquina en la que tenía que lanzar a mi piojo, morral a cuestas, cual paracaidista en misión especial. Ajá, allí está la esquina. En diez segundos, alguien abrió la puerta del carro, y literalmente abdujo a mi bebé como quien aspira un sucio de la alfombra. No me dio tiempo ni de despedirme… por décima vez. Salí del colegio al ritmo de los gritos de “go, go, go”. Y en la esquina siguiente, me estacioné a llorar.

 HOY

 Okey, mi hijo sobrevivió. Es más, salió feliz.  Lo confieso. Pero yo no podía soportar otra mañana en el “drop off  line” ese.  Lanzándolo a las manos de una perfecta desconocida, por muy “nice” que parezca. Así que esta mañana, segundo día de colegio, me fui bien tempranito. Me puse mi ropa de mamá (mono de trotar que jamás ha sido usado para tales fines, zapatos de goma y colita de caballo). Me estacioné por allá lejote y caminé con mi piojo. Y entonces, pasó lo inesperado: cuando llegamos a la mera puertica del colegio, Nico se puso a llorar como un bendito. Ahí fue que la minúscula salió con su regaño: “¿Ve, señora, por qué se tiene que quedar en el carro?”. Y yo que nada, que no entendía por qué no se podía despedir uno de su bebé, que qué sistema tan frío, tan mecanizado, que qué falta de humanidad y que ultimadamente qué broma era esa, pues. Y ella  me clavó sus diminutos ojos de zarigüeya y me cacheteó… “Él no es un bebé… ¿no se da cuenta? …¡Usted le está haciendo daño a su hijo!”… ¡Auch!.

 

AHORITICA MISMO

 Quiero pensar que la diminuta zarigüeya tiene razón. Que mi piojo ya no es un piojo ni un bebé ni nada de eso. Que sus cinco años y medio le bastan para defenderse dentro de aquella estructura de metal y cancioncitas. En el fondo, sé que es así. Oriana (mi hija grande, la de 17), me dice: “Mamá, qué ridícula eres. Para estas alturas, deberías estar acostumbrada”. Y yo me pregunto… ¿acostumbrada a qué? ¿A que crezcan? ¿A verlos irse? ¿A las directoras diminutas? ¿A las mamás histéricas?… Y pienso… coño. No lo estoy. Después de 17 años de práctica, sigo siendo una principiante. Qué pena con esas señoras. Qué pena con la humanidad entera. Pero bueno, mañana prometo comportarme mejor… y no bajarme del carro nunca más.

 

Indira Páez
Multi-Platform Storytelling Writer
Digital Media & Integrated Solutions
Telemundo Network Group / NBC Universal
www.telemundo.com
 

Share

Artículo escrito por

avatar
Escritora, libretista y dramaturga venezolana, egresada con méritos de la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela en 1992, mención Artes Escénicas. Autora junto a Daniela Campos de la tesis de grado “Stanislavski en Caracas”. Ha sido galardonada con el Premio Emmy otorgado por la Academia Nacional de Artes y Ciencias de la Televisión como coautora del guión de la serie Gabriel, que protagonizó el cantante y actor puertorriqueño Chayanne y en la que "El Puma" José Luis Rodríguez tuvo una participación especial. Producida por Megafilms, la miniserie "Gabriel, Amor Inmortal", obtuvo ocho nominaciones al premio Emmy, una de ellas por mejor guión de serie, del que la escritora venezolana Indira Páez es coautora. EstilosBlogs escritos por:

1 Comentario sobre este Artículo

  1. avatar wawis27 says:

    Bella es verdad nunca creseran para las madres sus hijos siempre serán pequeños y no se sienta mal que hoy en día a mis 44 años mi madre toda vía me trata como pequeña y yo se lo agradezco por que me a enseñado a amar de igual manera a mis sobrinos y al montón de hijos a adoptivos q e ayudado a criar y la madre q diga q no sufre cuando sus hijos entran por primera vez a la escuela miente pero q orgullo se siente verlos realizarse y ser unos profecionales ,que bello y gratificante es leerla siempre no la admiro sino q la amoooo por compartir bellezas como estas

El Autor no permite comentarios.

Stop censorship Copy Protected by Chetan's WP-Copyprotect. Stop censorship Copy Protected by Chetan's WP-Copyprotect.