El Bueno, La Mala, Lo Feo

El Bueno, La Mala, Lo Feo

  
Cuando yo era chiquita, el mundo estaba clarísimo para mí: existían malos y existían buenos. Indios y vaqueros. Policías y ladrones. Brujas y princesas. Maestras y alumnos. Todo era blanco o negro. Hasta la televisión. Con el paso del tiempo y de las páginas, con mucho café y cerveza, con la lectura, el descubrimiento de la filosofía, las discusiones bizantinas en la puerta de la escuela de artes,  y la llegada de la televisión a color a Venezuela, descubrí que la vida tenía matices. Que alguien podía, por ejemplo, engañar a su esposa (acostándose con una secretaria llamada botánicamente Orquídea, o Rosa, o Violeta, mientras dice que está en una junta), y seguir siendo un excelente padre.  Que una mujer podía, en un arrebato de demencia, matar a ese marido engañador y seguir siendo una excelente madre, aún desde la cárcel.

Que, sin ir muy lejos, una te podía engañar a sus padres (y decirles que estaba estudiando en casa de unas amigas cuando en realidad estaba en un apartamento prestado por nosequién en Caraballeda de la Costa, viendo el amanecer con los sentidos hipertrofiados). Y seguir sacando 20 en la boleta.

En fin, descubrí que todos podíamos ser buenos y malos, al mismo tiempo, con el mismo cuerpo, con las mismas ganas y a veces en el mismo instante. Después empecé a rechazar los calificativos. Más entrada en años y en libros de autoayuda, empecé a hablar de “lecciones aprendidas”, “responsabilidades”, “decisiones”. Así que eso de los “malos” y los “buenos”, quedó para uno que otro cuento infantil del que echo mano para enseñarles a mis hijos que no se deben decir mentiras porque la nariz crece, sí, crece, tócatela para que veas.

Pero resulta que después de mi divorcio, me doy cuenta de que eso de los matices y los adjetivos y el nadieestotalmentebuenonitotalmentemalo como que tampoco se usa ya. Que esa filosofía iconoclasta y existencialista-pasé, quedó para las conversas alrededor de la hookah (la pipa esa sofisticadísima que parece un pulpo y que está como de moda). Que con razón uno de mis jefes en un canal de televisión en el que estaba yo escribiendo una telenovela, me decía: “En tus telenovelas faltan malos. Malos de verdad”.

Hoy, con cuarenta y tres años, varias mudanzas, dos hijos y más café entre pecho y espaldas, creo que a uno en el fondo, le encanta el cuento de que hay malos y hay buenos. Sobre todo si el malo es otro, claro. Otro a quien echarle la culpa. Otro a quien señalar. Otro a quien criticar toda la noche en una fiesta, como para sentir que se tuvo un tema. Sí, nos encanta etiquetar. Debe ser por eso que el “tagueo” de Facebook tiene tanto éxito.

Llegué a esa conclusión por pura observación socioantropológica de mi propio “focus group”. Y es que, desde que me divorcié hace ya un año, la gente se me acerca (la que se me acerca) de dos maneras: o con cara de “pobrecitaella”, o con cara de “pobrecitoél”.

Yo, que soy estudiosa, que voy tomando notas como para entender un poco esto que llamamos vida, me doy cuenta ya de si vienen a darme el pésame. O un golpe. Los hay que te preguntan, así, a rajatabla: “¿Quién dejó a quién?”. Y cuando una dice “Lo dejé yo”, enseguida te ven como la mala, que es la misma cara de “pobrecitoél” pero con la ceja un poco más levantada. No importan las razones por las que te fuiste. No importa qué pasó allí. Qué hubo antes de ese final, de esa decisión. Qué ha habido después. La cosa es que, tú lo dejaste a él. O sea, él es el bueno, tú eres la mala. Sencillo como en las películas de indios y vaqueros. Blanco y negro.

Al principio, debo confesarlo, me pesaba un poco ser la mala de mi propia historia. Porque las malas, en las telenovelas, en los cuentos, en las historias reduccionistas, siempre terminan mal. Encarceladas, enfermas, aplastadas por una casa que trajo un huracán, tragadas por una manada de leones, quemadas en la hoguera. En fin. No es nada agradable ser una mala literaria.
Poco a poco, conversando con mi hija (que es muy divertida y se parece más a una bruja que a una princesa, la verdad), me di cuenta de que, en la vida real, ser buena es dificilísimo. Porque las buenas, para empezar, como dice mi hija, no se divorcian. Las buenas se casan vírgenes, con el primer y único hombre de sus vidas. Las buenas son esposas abnegadas, madres sacrificadas, que no fuman, no beben, y sólo bailan pegado con traje largo y cuando la orquesta toca un vals.

Las buenas hablan bajito, no se alteran, no le pegan cuatro gritos a los hijos cuando tienen el televisor a todo volumen, las buenas no trabajan hasta las tres de la mañana ni escriben durante veinticuatro horas seguidas. Las buenas no llegan tarde a las reuniones de padres y representantes ni se esconden si las proponen para ser presidentas del condominio. Las buenas no le hacen la tarea al muchacho (con la mano izquierda, para disimular) con tal de que la entregue. Las buenas hacen sus propias compotas con frutas orgánicas. Lavan la ropa de los bebés antes de ponérselas. No dejan que sus hijos vean películas de vampiros. Las buenas son un ejemplo para la familia, para la sociedad, para la historia. Y eso. Ufffff. Eso a mí no te me va.

Tiene razón mi hija. Ser buena es complicadísimo. De paso, para ser protagonista hay que ser eternamente joven, flaca, atlética, inmaculada. Preferiblemente rubia. Así que, obviamente, a mí me toca ser la mala. Ojalá, al menos, no me caiga la casa de Dorothy encima.

En conclusión, al parecer, como en los cuentos o como en las telenovelas, hay una mala, hay un bueno.
¿Y lo feo? Lo feo, pa’ mí, es que todo esto me sabe tan a mentira como el cuento de que la nariz crece cuando uno dice mentiras. Shhh. que no se enteren mis hijos, por favor.

Share

Artículo escrito por

avatar
Escritora, libretista y dramaturga venezolana, egresada con méritos de la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela en 1992, mención Artes Escénicas. Autora junto a Daniela Campos de la tesis de grado “Stanislavski en Caracas”. Ha sido galardonada con el Premio Emmy otorgado por la Academia Nacional de Artes y Ciencias de la Televisión como coautora del guión de la serie Gabriel, que protagonizó el cantante y actor puertorriqueño Chayanne y en la que "El Puma" José Luis Rodríguez tuvo una participación especial. Producida por Megafilms, la miniserie "Gabriel, Amor Inmortal", obtuvo ocho nominaciones al premio Emmy, una de ellas por mejor guión de serie, del que la escritora venezolana Indira Páez es coautora. EstilosBlogs escritos por:

1 Comentario sobre este Artículo

  1. avatar Angie says:

    Cada cabeza es un mundo la mayoría de la gente cree que esta en lo correcto y que tienen claras sus definiciones, lo que no saben es que puede estar totalmente equivocados.

El Autor no permite comentarios.

Stop censorship Copy Protected by Chetan's WP-Copyprotect. Stop censorship Copy Protected by Chetan's WP-Copyprotect.